Los Agostos de María


Hoy María se levantó relajada: ha dormido más de lo normal. El tiempo gris y lluvioso, frente al calor de los últimos días, hace que el cuerpo se abandone y que el descanso flote en el aire. Los árboles y las plantas del jardín también lo notan.

Con la cabeza perezosa de José apoyada en su pecho, aprovecha los últimos momentos holgazaneando, sintiendo también su cuerpo relajado a su lado, con pocas ganas de moverse.

El desayuno, hoy, ha sido fugaz pero intenso. Los han acompañado sus hijos, y han saboreado ese pequeño instante como un regalo de la vida.

Agosto, en casa de María, es un mes de abrazos, de juegos de mesa, de llenar la despensa, de cocinar rico, de mesa llena, de despedidas, de cambiar sábanas, de idas y venidas… Y cuando la casa vuelve a la normalidad, María mira a José feliz, ambos se sienten cómplices de que todo esté bien; de que su hogar sea ese refugio donde se cultiva el amor y cada uno de los que llega lo riega con el cariño recibido.

Estos días, María no quiere mirar hacia fuera; no quiere que nada enturbie la calma en la que vive. Pero las noticias la sobrecogen: su tierra, los lugares donde encontró la paz, donde disfrutó de otros agostos, están ardiendo. Miles de personas han sido evacuadas, pero nada ha podido salvar a la naturaleza. Cada rincón, cada árbol… todo tiene un valor, y los animales quedan desprotegidos. Los bosques no volverán a ser los mismos.

Aun así, María prefiere verlo en la distancia. Siente que, si se involucra y se deja llevar por la tristeza, habrá claudicado. Quiere mantener el color en sus gafas, aunque hay días en que resulta muy difícil.

Ha aprendido a no depender de lo que pase, a mandar paz a sus constantes alarmas, a disfrutar de lo que hace feliz, a llevar la calma a su alrededor y a conectarse con esa energía de fuerza en la que se siente, junto a miles de almas, limpiando y creciendo.

María se ajusta las gafas de superviviente y sonríe, a su manera entiende que, mientras haya abrazos, desayunos fugaces y tardes de agosto en familia, siempre habrá un mundo nuevo por el que vivir.




 

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